17 octubre 2009

XV Festival Internacional de Benicasim (día 2)

16 de julio de 2009. Jueves.

Bailando en Castellón,
mucho polvo y rock'n'roll.

(Los Rebeldes)


No, los Rebeldes no fueron al Fib, pero anda que no hubiera molado. El caso es que en el primer día de conciertos del festival castellonense se bailó mucho, aunque no precisamente rock’n’roll, que ya se sabe que no está de moda. Para los que se acaban de incorporar a la retransmisión, recuerdo que la crónica de nuestro primer día en Benicasim está aquí, y si alguien se pregunta cómo podemos dejar pasar dos meses antes de continuar con la historia de algo que pasó hace tres sin justificarnos siquiera, es que no nos conoce bien.

Así que nos levantamos el jueves por la mañana como se levanta uno en el Fib: con una temperatura dentro de la tienda más propia de unos altos hornos vizcaínos que de un habitáculo supuestamente pensado para el descanso humano. Oh, calor del infierno que nos obligas a salir boqueando hacia el exterior a las diez de la mañana, ¿que sería el Fib sin ti? Pues un lugar más cómodo, la verdad. El problema del calor mañanero no es tanto que te obligue a levantarte antes de lo que te gustaría, sino que te impide descansar las horas que tu cuerpo necesita y tu aguante nocturno disminuye según pasan los días hasta que el domingo a duras penas consigues arrastrarte de un lado a otro con desgana y te acabas yendo a dormir a las once de la noche, “que mañana hay que conducir”.

Pues bien, este año este problema fue solucionado con maestría, y justo es decir que todo el mérito le corresponde a Sara, que con una determinación propia del Dr. Livingstone encontró un parquecillo que nos procuró muchas horas de revitalizante reposo. Así pues, día tras día, mientras el sol se alzaba y miles de fibers salían de sus tiendas en estado semicomatoso para deambular como zombies hacia el stand que vende zumo de naranja a 6 euros el vaso; mientras eso ocurría digo, nosotros nos armábamos con una toalla, una almohada y un pulverizador de agua (gracias, bazar Hong Kong) y recorríamos el camino al parque durante quince eternos minutos. Semejante travesía del desierto merecía la pena al llegar a una pequeña extensión de hierba mullida a la sombra, donde dormíamos bien a gusto hasta las tres de la tarde si era necesario. Ése y no otro ha sido el principal factor para que este año haya disfrutado el festival más que en ediciones anteriores.

Además el parquecillo era un buen lugar para pasar el rato aun sin dormir, ya que allí cerca habían instalado su campamento un nutrido grupo de perroflautas. El perro, por cierto, era enorme, no me extrañaría que fuese el misterioso perro-leona que fue abatido a tiros la semana pasada. Lo entretenido del tema era ver como uno o varios de ellos se colocaban en un banco y ofrecían discretamente todo tipo de sustancias a los guiris que subían de la playa. A poco que uno observara, era fácil ver la cadena de trabajo que habían organizado para traer las drogas desde un depósito que tenían en lo alto de un árbol. Después de realizarse la transacción, yo veía alejarse a los guiris de veinte años con su mercancía, veía a los camellos comentando la jugada y me daba la impresión de que el delito de tráfico de drogas era bastante pequeño al lado del brutal delito de estafa que tenía pinta de haberse perpetrado ante nuestros ojos.

Hay que decir que el despliegue policial en las inmediaciones del cámping para acabar con estas actividades había aumentado notablemente, por eso los traficantes tenían que irse más lejos (y aún así tenían una patrulla a cien metros como mucho). Se vivieron momentos tensos cuando apareció un argentino en un estado de ebriedad que rebasaba todo límite cantando a voz en grito una tonadilla cuyo inolvidable estribillo decía: “Contra el problema de la resaca / me mantengo en la joda borracho / hasta las seis de la mañana”. Ignoro si así evitaba el problema de la resaca pero se ganaba otros, y es que estaba atrayendo mucha atención, con lo que se le acercó el camello para explicarle que si venía la policía por allí, iban a pasar algunas cosas desagradables. No recuerdo las palabras exactas pero el argentino bien que se calló.

Por la tarde fuimos a algunos conciertos, así que llegados a este punto podemos hablar un poco de música.

Curiosamente, para mí el jueves fue un día dedicado íntegramente a los grupos nacionales. Y es que este año había más que nunca, llamadlo promoción de la música patria, llamadlo ahorrar en tiempos de crisis. Eso es algo de lo que no se ha enterado Vince Power, jefe de Maraworld y por tanto organizador del Fib. Este hombre afirma con alegría que las bandas británicas y americanas son las que mueven el cotarro (hasta aquí bien) y, atención, que bueno, sí, “tenemos una o dos bandas españolas en Benicasim, pero no interesan ni a los españoles”. Casi acierta el señor Power, en realidad había veinte y a tres de ellas las vi yo el jueves así que vamos con ello de una vez.





Arrancan los festejos


Con ilusión y energía bajamos a la zona de conciertos para descubrir con agrado que el escenario mediano había pasado a ser descubierto, lo cual aumentaba notablemente el aforo y la visibilidad. Nótese que somos incapaces de memorizar los nombres comerciales de los escenarios (salvo el Verde, ése es fácil), así que nos referiremos a ellos como “el mediano” y “el pequeño”.


Abrimos fuego con los madrileños No Reply y la verdad es que no pudimos empezar con mejor pie, aunque apenas los conocíamos. Se trata de una banda compuesta por nueve jóvenes músicos que se entregan con toda su alma a géneros como el swing, el ska, el jazz o el reggae y que montaron un fiestón importante. Elegantemente encorbatados, disfrutaron en el escenario y nos hicieron bailar a todos sin pausa durante un concierto que se hizo corto, con un líder cantante y trompetista que no daba descanso y con una sección de metales que no dejaba de bailar y gesticular teatralmente. No se esforzaron en disimular que era una ocasión para ellos de darse a conocer, ya que en repetidas ocasiones nos recordaron el nombre de la banda e incluso nos dieron la dirección de su web en inglés y en castellano. Así pues, y ya que lo merecen, nos unimos a la labor de promoción: escuchad a No Reply e id a sus conciertos, que os lo vais a pasar en grande. Tal fue el desenfreno que, aunque acabábamos de bajar, tuvimos que volver a subir a cambiarnos de camiseta, empapados en sudor como estábamos.

A los hippies también les gusta el ska


A las once de la noche se servía el plato fuerte de la velada, ese grupo que nadie quería perderse y que ya no existe: Oasis. Dicen que los celebérrimos hermanos cumplieron, que tocaron las canciones que todos querían oír (ésas que escribieron hace quince años), que no molestaron mucho con los temas recientes, que estaba tan petado que la gente trepó a la torre de sonido con entusiasmo suicida, que Liam llevaba una parka empapada en sudor con la que debió perder diez kilos, que el mismo Liam se largó a mitad de Wonderwall, y que Liam (¿quién si no?) declaró al día siguiente que el concierto había sido “una pérdida de tiempo” porque se oía como el culo. El lector atento habrá notado que yo no estuve allí. Y no porque tenga nada en contra de Oasis (como ya he dicho, me gustan las que nos gustan a todos) sino porque su actuación coincidía con la de un grupo del que tengo más discos y me prometía un mejor espectáculo: Fangoria. Huelga decir que esta elección contracorriente no fue secundada por ninguno de mis diez compañeros y fui solo.

Liam en su postura habitual de arrestado


No me arrepiento de mi decisión, y es que tenía buenos argumentos para proceder así, ya que en el 2007, el dúo ofreció un conciertaco en el escenario Verde a las tres de la mañana que fue de lo mejorcito que haya firmado un grupo español en el Fib. Yo estaba allí y sé lo que digo. No obstante, en un gesto ruin, la organización los había condenado este año al escenario mediano a la misma hora que las estrellas de la noche. Total, que salió Fangoria a un escenario en el que se habían montado unas construcciones de ladrillos plateados para actuar ante un pequeño pero entusiasta público al que se agradeció la presencia, teniendo en cuenta que coincidía con “las Gallagher, a las que iremos a ver corriendo en cuanto acabemos de tocar”. Como de costumbre, Nacho Canut permaneció hierático en lo alto de su atalaya y Alaska demostró que le sobra presencia escénica pese a no saber cantar ni bailar. Para darle un poco de movimiento a la cosa había dos bailarines con coreografías muy trabajadas que a mí me parecieron buenísimos. Cuando en mitad del fragor danzarín los dos tíos se comieron la boca hubo un estallido de júbilo en la audiencia. Tampoco fue pequeño el entusiasmo cuando un cañón de confeti empezó a funcionar a toda potencia mientras coreábamos lo de “¡confeti, traca y megatrón!”. Megatrón no hubo.

No hubo respuesta a las peticiones de que se sacara la mamella


En cuanto al repertorio, comenzó con temas de su último disco y fue acabando con esos temazos que todos esperábamos y que no decepcionaron a nadie: Miro la vida pasar, No sé qué me das, Retorciendo palabras… por cierto que durante esta última, Alaska demostró haber trabajado el numerito de atarse con los bailarines, porque meses atrás lo hizo en el Palacio de los Deportes y se comió el escenario, pero no en el buen sentido. Para finalizar, Olvido Gara nos comunicó que, a pesar de que no les gusta vivir en el pasado (lo que les honra, porque tienen un bagaje de clásicos que ya lo quisieran muchos), habían cedido a la petición de los hermanos Morán de interpretar una canción antigua, para a continuación lanzarse con Ni tú ni nadie, haciendo que mil campanas sonaran en nuestros corazones. Desgraciadamente, el punto final lo pusieron ese chiste sin gracia que son las Nancys Rubias, cuya mayor contribución a la historia del rock hasta el momento es que una se tiró por el Viaducto. Mario Vaquerizo cantó algo que entendí y se fue, demostrando que a falta de talento, se mueve con tremenda elegancia calzando tacones de aguja.

Y ya para cerrar la noche (y esta crónica, que se está alargando más de la cuenta), fuimos al Verde a ver a los bilbaínos We Are Standard, que antes se llamaban Standard a secas, pero que se cambiaron el nombre porque era una tortura encontrarlos en internet. Según Wikipedia, estos tíos hacen “punk-funk / dance-rock”, vamos, que sólo les falta un toque country. Yo sólo sé que tienen dos baterías, que meten mucha caña y que te hacen bailar. Son un grupo más que adecuado para una madrugada festivalera y congregaron a mucho público. También tiraron confeti, por cierto, unos pequeños cohetes con los colores de la ikurriña. La verdad es que es un recurso manido pero eficaz (lo del confeti digo, no el nacionalismo). En fin, que ahí estuvimos dándolo todo, aunque me quedó claro que su segundo disco carece de jitazos como On the floor o Txusma Remix, que fueron los puntos fuertes. Sí, “jitazos” se escribe así, qué pasa. Ah, a pesar de que cantan en inglés se permitieron un toque hispano con su particular versión del Ritmo de la noche.

Ritmooooooo, ritmo de la nocheeeeeeeee



Y poco más, bailamos un poco en la carpa pop y nos retiramos satisfechos con la primera jornada, conscientes de que sólo había sido el aperitivo…





Fotos de artistas: Archivo FIB / François Ollivier, Óscar L. Tejada

Fotos de gente: Robadas del Facebook sin pedir permiso.

04 octubre 2009

Chet Baker - "Let's get lost"

Un documental de Bruce Weber (1988)
La semana pasada organizamos un encuentro interbloguístico en toda regla. Junto con uno de los miembros de Hipopótamos a la Escucha y algún otro amigo nos fuimos a ver el reestreno del documental de Bruce Weber sobre los úlimos días de Chet Baker, titulado "Let's get lost". Lo de últimos días no es una licencia poética: Chet Baker murió pocos meses después del rodaje de la película y, como destacan todas las reseñas del documental, el Chet Baker que se ve en él no es el atractivo y carismático James Dean de la trompeta que personificó la etiqueta de cool jazz en los 50, sino un Chet Baker de casi sesenta años y aspecto octogenario que estéticamente provoca más miedo que admiración. (Podéis comparar ambos Chets en este fragmento de la película). Pero a veces el refranero no se equivoca y "no hay que fiarse de las apariencias", "lo importante está en el interior" y "hay cosas que nunca cambian": como habéis oído en el video de Almost Blue, el demacrado Chet Baker del final de su vida seguía teniendo esa voz casi femenina que sin adornos, con su mera sencillez, pone los pelos de punta. Y, sobre todo, seguía siendo la misma persona frágil y desequilibrada que cuando tenía veinte años.

Nunca os he entendido mucho a los humanos. Comparto y admiro vuestro amor por la música, por lo bello, y me parecen muy loables otras cualidades que tiene vuestra especie, pero sinceramente creo que os complicáis demasiado en algunos aspectos. Y de todos éstos el que se lleva la palma es el de las relaciones entre vosotros: la amistad, el amor, la familia... ¡Cada uno de vosotros tiene dentro un mundo tan único, tan complejo, tan indescifrable hasta para vosotros mismos!, que no entiendo cómo aspiráis a comprender el de los demás entremezclando vuestros mundos.

Soy un admirador de la música de Chet Baker desde que hace ya unos cuantos años me quedara completamente prendado de su interpretación de My Funny Valentine, pero nunca he sabido mucho sobre su vida personal. Quizás por eso me ha sorprendido tanto este documental. ¿Qué lleva a un hombre a elegir siempre el mal camino, a mentir y a hacer daño a todos los que lo rodean una vez tras otra y, sobre todo, a hacerse daño a sí mismo? ¿Qué lleva a las personas que lo rodean (en este caso, innumerables mujeres) a enredarse en este hombre que lleva escrita en la frente la palabra "problemas", a tirarse de cabeza a una piscina que claramente no tiene más de un palmo de agua? Jamás lo entenderé; pero afortunadamente siempre me quedará la trompeta de Chet Baker para esperar que, algún día, al otro lado del arco iris, los hombres hagáis como nosotros, los perros, y os compliquéis menos la vida.
Y para terminar el comentario sobre el documental, no se me ocurren mejores palabras que las que Elsa Fernández Santos escribió en El País: "Una joya en blanco y negro en la que Baker habla, miente, bebe, besa, canta, explica cómo le rompieron los dientes o por qué de todas las drogas la que más le gusta es el speedball". Si os gusta el jazz, o simplemente os interesa reflexionar sobre la naturaleza humana, no desaprovechéis la oportunidad de ver este documental.

30 agosto 2009

Joni Mitchell - "Clouds"

Reprise (1969)
Los viajes se pueden realizar por muchas razones. Se viaja hacia sitios, (la playa, la montaña...), se viaja hacia sensaciones, (el frío, el calor...), se viaja hacia personas, (la pareja, la familia...), incluso se viaja hacia sentimientos, (el amor, el desamor, la melancolía, la diversión, la soledad...); pero un viaje no es pleno si no va acompañado de música. Al menos eso pienso yo. Todos mis viajes han tenido siempre banda sonora.

Hoy en día es sencillo, con los reproductores de mp3, llevar encima la música en cualquier viaje, pero no es necesario tener uno, en realidad vale con cantar, tararear, bailar o simplemente imaginar la música mientras uno se enfrenta a esos nuevos paisajes de los que está compuesto cualquier viaje. En el viaje que acabo de hacer a Londres, la música que me ha acompañado, día tras día, ha sido la del segundo disco de Joni Mitchell: "Clouds".

Si hay algo que se me venga a la cabeza cuando pienso en Londres son sus cielos, que me recuerdan a los de Madrid, los cielos que me han visto (y me han hecho) crecer, pero se diferencian de éstos en que suelen estar mucho más llenos de nubes. Quizá por eso no tuviera mucho problema al elegir la banda sonora de este viaje. Tampoco dudé a la hora de escoger el libro que me llevaría en la maleta: "Las Nubes", de Luis Cernuda (escrito, en su mayoría, en Inglaterra). En principio no había nada que uniera, salvo el título, a estas dos obras maestras separadas entre sí cuarenta años, pero poco a poco, sentado en los parques de Londres, "a solas, a solas bajo las nubes", fui dándome cuenta de todo lo que tenían en común.

En Londres no se sabe nunca el tiempo que va a hacer, puede amanecer de lo más soleado y acabar lloviendo a cántaros, o viceversa. Uno de mis grandes defectos es lo mucho que me influye la meteorología: un día radiante de sol me pone contento, la lluvia me entristece. De la suma de estos dos hechos se obtiene que durante la semana que estuve en Londres ni yo mismo supiera muy bien cómo me sentía. A esta confusión sentimental contribuyeron mucho mi disco y libro de cabecera durante el viaje. Joni Mitchell es la reina de la incertidumbre; no se sabe si sus acordes son mayores o menores; nada es obvio en su música. Su dulce voz es experta en dar saltos inesperados, y su guitarra, con esas originales afinaciones, es la única que la acompaña en este disco. Escuchad Tin Angel, por ejemplo: escasas notas oscuras, frágiles e inestables te van guiando a lo largo de los versos por recuerdos de un viejo amor, ya caducado hace tiempo, hasta que al final de la última frase de cada estribillo, "found someone to love today", un arpegio firme y luminoso te enseña la salida del túnel. Luis Cernuda, por su parte, es el gran maestro del equilibrio inestable, entre dentro y fuera, entre cielo y tierra, entre amor y soledad; en definitiva, entre realidad y deseo. Y "Las Nubes", escrito durante la Guerra Civil es un magnífico ejemplo de ello. "El hombre es una nube de la que el sueño es viento"; ¡qué gran verdad cuando se está mirando al cielo londinense, escuchando I think I understand, y deseando que la realidad se pare y sólo el viento sople deseos imposibles en tu oído!


"Siempre incierta, (...) a lo lejos, (...) vibra tu esbelta música, y en un fuego suspira". Cernuda se lo escribió a un elfo, un elfo que podría haber sido perfectamente Joni Mitchell. Aunque inciertas al oído, sus canciones son siempre esbeltas y elegantes, gracias a las letras; ellas son las que convierten a Joni Mitchell en mucho más que una cantautora, la convierten en Joni, una amiga, una droga de la que no te puedes desprender y a la que siempre recurres, porque en ella escuchas y lees tu propio alma. Porque sólo ella sabe cantar unos retratos tan fieles de las relaciones (That song about the midway), de los problemas sociales (The fiddle and the drum), o de los interiores de las personas (I don't know where I stand), llenos siempre de pensamientos entrecruzados y luchando siempre contra los envites del mundo exterior.

Y sobre todas las canciones de este breve disco, ("breve como todo lo hermoso"), destaca la última, Both sides now. Sin duda, una de mis canciones favoritas y la que mejor me ha hecho ver que la vida no está esperando a la vuelta de la esquina, que la vida está en la misma calle que tú, pero para vivirla tendrás que girar muchas esquinas y dar vueltas en muchas rotondas. Durante esta semana, ha sido precisamente Both sides now la que me ha enseñado que no hay un único Londres y que nada tienen que ver el Londres de los museos, paseando por las avenidas atestadas de gente, con el Londres de la música, comprando discos y bebiendo cerveza con amigos, con el Londres de las nubes, yendo de la mano de la persona cuyos ojos nunca te cansarías de mirar, con el Londres de los parques, mirando al cielo desde el césped, escuchando a Joni Mitchell y leyendo a Luis Cernuda.



Paisaje de mi querida Saskatoon, ciudad natal de Joni Mitchell, y en la que pasé unos meses inolvidables.

10 agosto 2009

Isaac Hayes - "Shaft"

Stax (1971)
En nuestro encuentro lunar de las Navidades pasadas salió a colación mi modesta colección de vinilos Blaxploitation, y ahí fue donde os enterasteis de que a esa colección le faltaba el primer fascículo, el capítulo piloto, el cromo por el que cambiarías todo tu taco: la banda sonora de Shaft, del grandísimo Isaac Hayes. La razón por la que no me había hecho todavía con este discazo era meramente económica: afortunadamente la reedición en vinilo está disponible en un puñado de sitios pero ¡a qué precios! Fijáos cómo sería, que Khurcius, que siempre te sorprende con las mejores oportunidades, me pedía veintitantos euros.

Y aquí hacemos un paréntesis. Sí, sé que veintitantos euros no es, en realidad, un precio muy alto para un disco, tal y como andan las cosas hoy en día, y menos aún para un doble vinilo, pero todo aficionado a la música, y a cualquier otra cosa, debe ponerse un límite. Al menos, yo debo ponérmelo. No me colguéis la etiqueta de tacaño todavía, tened en cuenta que uno no tiene una gran fuente de ingresos y que, aunque la música sea mi vicio número uno, no es mi primera necesidad. Si no me pusiera un límite, saldría ahora mismo a comprarme todos los vinilos de los Beatles, (a veintimuchos euros el vinilo, ya les vale), todos los discos que acaban de salir y de los que he oído hablar bien, (si esperas un poco siempre bajan de precio), y todas las cajas chiripitifláuticas con hasta-el-último-pedo de Hendrix, Dylan o The Band. Por no hablar de los vinilos de rap, (que con eso de que son siempre dobles te los cobran a un riñón). Así que yo me he puesto mi límite, (el propio Khurcius lo llama "barrera psicológica"), en un poco menos de veinte euros. Es decir, mucho me tiene que gustar, o mucho tengo que necesitar un disco de ésos de 18,95€ para que me lo lleve a casa puesto sin pensármelo dos veces. No quiero entrar en el cuál es el valor real de un disco, mi postura no es una crítica contra el precio de la música, y no pretendo decir nada sobre la eterna crisis de las discográficas, ni sobre lo que se debe llevar cada intermediario de la cadena; es sólo eso, una cuestión psicológica. Pero al final me he conseguido hacer con una discoteca pasable habiendo comprado poquísimos discos que sobrepasaran "mi límite". Es cierto que no soy un coleccionista, no soy ningún DJ Shadow, ningún "digger" que persiga las ediciones originales como loco, no tengo "incunables" ni rarezas, pero tengo mucha música y disfruto de ella, que es de lo que se trata.

Así las cosas, no fue pequeña mi sorpresa cuando Khurcius me anunció que la reedición en vinilo de Shaft había pasado por debajo de mi "barrera psicológica": ¡por fin me podía hacer con ella! Qué ilusión me hizo ir a recogerla, leer los créditos detenidamente en el metro y, al llegar a casa, poner por fin la primera piedra de mi humilde catedral Blaxploitation, que se me estaba desmoronando.

La primera vez que escuché mi nuevo vinilo fue planchando. Planchar puede ser la actividad doméstica más aburrida, o no, porque presenta la cualidad de combinarse muy bien con la música. Limpiando el polvo, pasando la aspiradora o fregando los platos es más difícil escuchar música, pero con la plancha sabes que vas a estar quieto, ahí de pie, durante un buen rato, así que más te vale hacerte con una buena compañía.

¡Qué sensación cuando empezó a sonar el charles que abre el "Theme from Shaft"! Nadie puede negar a estas alturas que esta canción merece estar entre las grandes de la historia de la música popular. Da igual que no hayas visto la película, escuchando el comienzo de la canción no puedes evitar visualizar las frías calles de Harlem al amanecer preparándose para las adversidades de un nuevo día lleno de traficantes, putas y mafiosos. Pensándolo bien, debería ordenarse por decreto que todas las personas se despertaran con el "Theme from Shaft"; el mundo sería más feliz.

Shaft resultó ser una buena banda sonora para planchar, relajada, suave, con muchas canciones lentas, pero repleta de ese alma, de ese groove único que hace que no puedas evitar mover la cabeza mientras lo escuchas. Los problemas vienen al final, con "Do your thing", esa enorme maravilla de veinte minutos. Ahí es cuando casi se me quema la ropa, porque "Do your thing" engaña, empieza como una (muy buena) canción de funk corriente pero a los cinco minutos, sin saber cómo, el batería ha doblado el ritmo y tú estás dando saltos por tu habitación. Las guitarras se vuelven locas y el batería vuelve a doblar el ritmo unos minutos después, por lo que el vecino de arriba ya está aporreando tu puerta para pedirte que dejes de dar golpes con la cabeza en el techo y tú te limitas a seguir saltando y gritando "do your thing!!!, do your thing!!!", hasta que hueles a quemado y corres a levantar la plancha de la blusa favorita de tu madre. ¿Quién dijo que planchar era aburrido?



No sé si habréis caído en la cuenta, pero exactamente hoy, 10 de agosto de 2009, se cumple un año de la muerte del gran Isaac Hayes. Descanse en paz.

30 julio 2009

XV Festival Internacional de Benicasim (día 1)

15 de julio de 2009. Miércoles.

Y si cuentas, cuenta por millones
Nadie duda de que más es más
(Fangoria)


Cuando el año pasado escribimos nuestra crónica del Summercase (1 y 2), terminamos preguntándonos si volveríamos o si al próximo verano retornaríamos a las arenas de Benicasim. Pues bien, por las razones que todos sabéis, este año no hubo dudas y, al igual que hicimos en los veranos del 2006 y el 2007, enfilamos con entusiasmo la A-3 en un recorrido que forma parte del imaginario colectivo de todo madrileño que alguna vez haya veraneado en el Levante peninsular. Tarancón, Motilla del Palancar, Requena… carismáticas poblaciones que van quedando atrás y cuyos carteles son sinónimo de libertad en una carretera que, en tiempos de la ruta del bakalao, tenía más tráfico los fines de semana que la Castellana.


Habíamos roto con la tradición de salir el miércoles, alarmados por el aviso de que el camping se estaba llenando a toda velocidad, por lo que llegamos el martes por la noche. Mientras intentábamos encontrar el camino al parking, un simpático policía local (la policía local de Benicasim tiene mucho mejor rollo que los municipales de la capital, y algunos hasta van tatuados) nos informaba con alegría de que el camping estaba cerrado, que este año se habían vendido muchas entradas falsas y que en cuanto llegara la Guardia Civil allí no entraba nadie más aunque tuvieran abonos válidos. Esto como quien da la hora.

Afortunadamente pronto comprobamos que el tío no tenía ni puta idea de lo que estaba diciendo: había sitio de sobra en el camping gracias a que se había habilitado otra zona de acampada, simétrica a la de años anteriores, justo enfrente. Esto de por sí era bastante acojonante, porque a grandes rasgos implicaba que allí había más gente de la que éramos capaces de visualizar en abstracto. A la mañana siguiente pudimos comprobarlo con más claridad, y en efecto: más gente que en la guerra. Me refiero a una guerra de verdad, de estas antiguas donde miles de soldados se hacinaban a la espera de la orden para entrar en batalla de forma suicida. Fueras donde fueras, la multitud llenaba el espacio con la naturalidad de los líquidos que ocupan cada rincón del recipiente que los encierra. En el camping, en el pueblo, en los bares, en la playa… amigos, la rebelión de las masas de Ortega y Gasset era una reunión de cuatro colegas al lado de Benicasim.

A lo mejor a estas alturas, alguno de vosotros, preguntón como la señora de Estatuas Verdes, llama nuestra atención sobre el hecho de que este es un blog de música y el miércoles no había conciertos así que no tiene sentido que contemos nada de este día. Conviene pues explicar, para los que no hayan ido nunca, que el Fib está muy lejos de ser una sucesión de conciertos que uno va marcando en su programa para asistir a todos ellos y después retirarse a dormir. Como mucho eso podría ser cierto para los que tengan dinero para alojarse en un hotel y comer y beber a los precios del interior del recinto. O tal vez para uno de los miles de acreditados de prensa, no pocos de ellos pertenecientes a blogs que luego publican unas crónicas de vergüenza ajena.

Sin embargo, para la mayoría de los asistentes, para los auténticos fibers, el Fib es una semana con los amigos, rodeados de miles de personas que han acudido con la única intención de pasarlo bien. Y son días en los que la gente va a la playa, se reúne alrededor de una mesita de camping desmontable, charla, ríe, se hace fotos, practica inglés con los guiris, hace el tonto, se disfraza, liga, baila, canta en torno a una guitarra (en nuestro repertorio: de Hallelujah a Walk away, de Erasmus borrachas a Al amanecer), y ve unos cuantos conciertos intercalados con subidas al camping para comer, beber o ducharse de manera comunal. Una experiencia total, vaya.


Por todo ello, es imprescindible señalar que el miércoles aprovechamos que aún no estábamos cansados para bajar a la playa, y que en el camino nos encontramos un billete de veinte euros, lo que prueba que todo es posible en el Fib. Mientras nos preguntábamos si gastarlos en comida o en cerveza, a modo de respuesta se alzó ante nosotros el Bazar Hong-Kong y ya no hubo más dudas. Con aire decidido nos adentramos en esa gigantesca tienda de chinos para comprobar extasiados que entre los múltiples productos a la venta se encontraba una gran colección de estrafalarios sombreros. No fue fácil decidirse, pero cada uno de nosotros se dejó llevar por sus gustos personales y salimos de allí elegantemente tocados con un sombrero de piel de cebra, otro de vaca, otro con la estrella de sheriff, alguna pamela rosa brillante y uno de copa con forro dorado que era la joya de la colección. También adquirimos otros enseres tales como un pulverizador de agua o unas petacas de auténtica piel de cocodrilo de plástico, sin saber aún lo imprescindibles que nos resultarían más adelante semejantes ítems. A juzgar por la cola que había para pagar, afirmo sin ninguna duda que el Bazar Hong Kong hizo más caja esa semana que en el resto del año junto.

Que comprar esos sombreros fue un gran acierto no se debe sólo a las miradas de admiración que despertamos a nuestro paso, sino a que fueron la llave que nos abrió las puertas de uno de los mayores éxitos que puede alcanzar una persona en nuestros tiempos: ser entrevistados por Antena 3. En efecto, una esforzada reportera se bajó apresuradamente de su coche al vernos y llamó a voces a su cámara, para después hacernos las preguntas más sosas que pueda uno imaginarse. Eso no fue óbice para que yo me soltara en una disquisición acerca de cómo los sombreros eran nuestra forma de expresión en mitad de la masa uniforme mientras Kurro (con gorro de sheriff) hacía una personal imitación de Enrique Búnbury. Creemos que no se emitió, y probablemente eso sea lo mejor para todos.

Por lo demás, pasamos el resto del día apaciblemente en la playa disfrutando de las tibias aguas de nuestro mar Mediterráneo. Hay quien dice que la playa estaba hasta arriba de gente, pero los que hemos estado en Benidorm alguna vez tenemos un baremo distinto para esas cosas. Como ya viene siendo tradición, almorzamos en el agradable comedor del “As de pollos”, donde se comió pollo pero también un excelente arroz a banda. Tras la siesta playera de rigor volvimos paseando por el paseo marítimo, tomado por cientos de fibers británicos que empezaban a notar en su piel los efectos del sol que con tanta ansia habían venido buscando. Mientras buscaban refugio como podían en las pocas sombras del lugar, se amontonaban a su alrededor diversas mantas de toda clase vendedores ambulantes, con especial presencia de africanos vendiendo gafas de sol de colores a imitación de las célebres Ray-Ban Wayfarer y que probablemente sean sinónimo de irreversibles daños en la retina si se usan para mirar al sol. Gafas que, por cierto, se ofrecían a distinto precio dependiendo de si el potencial comprador era español o inglés. En mitad de este pandemonium, una anciana local sentada en un banco le comentaba a otra de manera dubitativa: “esto traerá mucho dinero al pueblo, pero…” y la oscilación de cabeza que remataba la frase describía el caótico panorama mejor que cualquiera de mis palabras.


Al caer la tarde volvimos a las tiendas para celebrar la llegada de nuevas integrantes de la expedición (ya estábamos los nueve) y montamos nuestras flamantes mesas plegables para cenar. La jornada concluyó en torno a las guitarras, en las que, además de los himnos ya mencionados, sonaron improvisadas tonadillas en torno a la usucapión que sólo podrían ser celebradas por los estudiantes de Derecho menos presentables. Algunos se fueron a hacer amigos por ese micromundo que es el camping, pero yo preferí guardar fuerzas para los conciertos del día siguiente, de los que daremos cuenta en este mismo blog en el momento más inesperado. Así pues, me acomodé sobre el colchón hinchable de nuestra (prestada) tienda Quechua, me coloqué mi poderoso antifaz anti-luz en la faz y soñé con los cuatro días de desenfreno que teníamos por delante. Benicasim, un año más, one more time.

18 mayo 2009

Antonio Vega (1957-2009)

El martes pasado fue un día triste en la luna, amigos. Tan pronto como me enteré, llamé a mis colegas terrestres para comentar la noticia. Al otro lado del hilo espacial, Riggy me contaba lo siguiente:



Mi padre nació en el mismo año que Antonio Vega y me ha contado las veces que vio actuar a Nacha Pop en Rock-Ola. A mi padre siempre le cayó muy bien y a los dos nos molestaba que la gente hiciera tantos comentarios sin ningún respeto sobre si se drogaba mucho o si tenía mal aspecto. Por eso le gustaba decir que, en contra de la opinión general, Antonio Vega iba a vivir noventa años y nos iba a enterrar a todos. No sé si era lo que lo ingleses llaman “wishful thinking”, pero cada vez que salía el tío en algún lado, mi padre y yo hacíamos la broma. Hoy me ha mandado un mensaje al móvil, sólo decía: "Me equivoqué".

Además su muerte me ha impactado aún más porque yo le había visto hace unas semanas, en unos locales de ensayo. Descargando el equipo de unos amigos después de un concierto, coincidí con Antonio Vega, que también estaba recogiendo después de una actuación. Podría haber hablado con él, decirle que “Enganchado a una señal de bus” me sigue despertando al salir a la calle por las mañanas, o que “Seda y hierro” es una de mis canciones de amor favoritas…podría haberle dicho muchas cosas pero él estaba cansado y yo también, así que sólo le dije “Hasta luego”. Una nave industrial del barrio de Hortaleza a las tres de la mañana: extraño escenario para una despedida. Pero al menos pude decirle adiós.




Después de hablar con Riggy intenté contactar con Susu, pero por lo visto está en Copenhague y no hubo manera. Una lástima, porque me apetecía hablar con él y recordar los tiempos del colegio en los que cantaba sus canciones entre clases. Tal vez no me oyera llamar por tener puestos los cascos, repasando por enésima vez esa vieja cinta, ya casi quemada, en la que tiene grabados El sitio de mi recreo y Anatomía de una ola. Afortunadamente hoy me ha llegado una carta suya, que me gustaría compartir con vosotros:

Me da un poco de pena que sea justo ahora que Antonio Vega ha muerto cuando me dé cuenta de todo lo que he aprendido de él. Pero es verdad, tras una adolescencia escuchando y cantando sus canciones, es normal que toda su "enseñanza", toda su poesía, haya ido calando poco a poco en mí, a través de estrofas y versos entremezclados, llenos de verdad y de poder; quizás sea también normal que no me haya dado cuenta de todo lo que me han calado hasta ahora, que los he puesto todos juntos en mi cabeza.

Y lo bueno que tiene la música, la hecha con cuidado y profundidad, es que sólo puedes aprender una cosa de ella: a vivir. Para aprender sobre la estructura de la materia, sobre historia o sobre ontología están los libros; las buenas canciones, y Antonio Vega tenía muchas de ésas, sólo te enseñan a vivir, que no es poco.



Ahora me doy cuenta de que ha sido precisamente Antonio Vega quien me ha enseñado que hay que intentar perder el miedo a la enormidad, a que nadie oiga nuestras voces y desear, con todas nuestras fuerzas, ser viajeros de los que nunca dan un paso atrás, al menos de los que sólo los dan a veces, pues tampoco debemos olvidarnos de nuestra fragilidad, que este mundo descomunal suele encargarse de recordarnos. De él he aprendido que la mejor manera de caminar es poner mis pies y mis manos a volar y la única manera de levantarse cada mañana habiendo avanzado un poco es siendo el trazo que dibuje el día. Porque al final es el tiempo, (ahora todo el mundo recuerda cómo a Antonio Vega le gustaba removerlo con el café), el que nos va llevando sin pedirnos permiso, en ocasiones con compañía y otras veces con el único abrigo del silencio, y debemos aceptarlo así.

Seguramente no seré el único que ha aprendido de Antonio Vega que ser uno más, confundirse con la masa que es llevada por el tiempo, cuesta poco o nada, que tenemos que elegir nuestro camino y andarlo día tras día, arropados por la experiencia de los anteriores. Aunque claro, también hay momentos en los que la vida dice ven y no tenemos más remedio que correr, aun alejándonos de nuestro camino, quizás para no volver.

En definitiva, me gustaría que al acabar de andar mi camino, hubiera yo asimilado y llevado a término todas estas enseñanzas, pudiendo decir, con total sinceridad, como dijo él, que "vivo el día, día simple, día claro; vivo al menos sin temores, sin el miedo de gozar. Cada pueblo, cada puente, cada cruce me ha enseñado que con hoy es suficiente y mañana es demasiado". Eso sí, cuando llegue ese momento, cambiaré, sin ningún pudor, "cada pueblo, cada puente, cada cruce" por "Antonio Vega".

09 mayo 2009

¿Por qué se estropean los auriculares?

Buenas, mis queridos humanos. Ya sé que esto no es ninguna crítica de disco o de concierto, pero lo que os voy a comentar tiene mucha relación con la música y además tenía ganas de recuperar aquellos posts de "El Perro Lunar denuncia".

Digo que tiene relación con la música porque os voy a hablar de los auriculares, también conocidos como "cascos". Todos los amantes de la buena música, (entre los que sé que os contáis los lectores de mi blog), le debemos mucho a este invento. En mi caso concreto, mi vida casi depende de él: como sabéis, la atmósfera de la Luna es muy poco densa, por lo que el sonido apenas se transmite, es decir, no puedo utilizar minicadenas ni altavoces. Pero como no concibo mi vida sin música me paso el día enchufado a los auriculares, brincando y bailando por el cráter Vitruvius.

Hace no mucho, hablando con Riggy, le pregunté qué había sido de aquellos cascos suyos tan míticos, de buena marca y no especialmente baratos. Su respuesta no fue precisamente alegre: un buen día dejó de oír la música por uno de ellos, así sin más, sin aviso previo, kaputt, ciao ciao... Ayer llamé a Susu, para ver qué tal le iba, y me contó apenado que el auricular izquierdo de sus cascos estaba empezando a dar señales de enfermedad, crónica, con toda seguridad. Creo que los suyos no son la panacea, pero es que da igual caros o baratos, da igual una marca que otra, al final todos acaban muriendo, ¡¡y siempre de la misma forma!! Un día te despiertas, eliges el disco que vas a escuchar en tu reproductor, enchufas los cascos, te echas a la calle (a los cráteres, en mi caso), y de repente descubres que uno de los dos auriculares ya no se oye, o suena entrecortado. Ya estás deprimido para el resto del día. ¿Por qué tienen que estropearse los auriculares?

Yo lo he vivido en mis propias carnes caninas. Como ya habréis leído, mis primeros auriculares tenían escafandra incorporada, la que me hizo el comandante Cernan, pero claro, eso fue en el '72. La verdad es que son los mejores que he tenido, me duraron cerca de 15 años, pero desde entonces he tenido que recurrir a los que se venden en la Tierra. ¡Y vaya cruz! Cada año, poco más o menos, tengo que comprarme unos nuevos. Puede parecer una chorrada, pero a mí me fastidia un montón no poder escuchar mi música.

Hoy me habéis pillado mosqueadillo, y desde aquí quiero hacer un llamamiento a todos los fabricantes de auriculares: ya sabéis cómo se rompen los cascos que vendéis, ya sabéis dónde está su punto débil, ¿¿¿por qué no fabricáis de una vez por todas unos que duren un poco más???