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09 enero 2011

Música de barbudos

Estas Navidades El Perro Lunar y yo no hemos podido compatibilizar nuestros horarios, así que han sido las primeras en unos cuantos años que no hemos celebrado juntos. Este año las vacaciones las he pasado en la granja de mi buen amigo Itinerant Farmer, al norte del estado de Nueva York, cerca ya de Canadá. Y allí, en medio de ninguna parte, fui a encontrarme con Jet, un perro muy majete, primo tercero o algo así de El Perro Lunar (ver foto). Una vez más, queda demostrado: el mundo es un moco en un pañuelo.

Mi visita a la granja de Itinerant Farmer parece estar convirtiéndose en una tradición anual y me he dado cuenta de que una parte indispensable de la tradición es que me vuelva de la granja con barba y escuchando a todas horas música de barbudos. El año pasado, como ya os comenté, mi gran descubrimiento granjero fue Ray LaMontagne; este año me he traído otros barbudos nuevos en el iPod, y ésa es la razón por la que escribo este post.

La respuesta a la pregunta que quizás muchos os estéis haciendo, "pero ¿qué narices será eso de música de barbudos?", es muy sencilla: es un género musical que me he inventado. ¿Vosotros no os inventáis géneros musicales? Seamos sinceros, los géneros estándar son demasiado poco precisos, casi cualquier cosa puede caber bajo la etiqueta de rock o de pop. Si os hubiera dicho que iba a hablar de folk no habríais podido saber si se trataba de una banda funeraria iraní o de Joan Baez, y si hubiera dicho canción de autor podríais haber pensado en Serrat o Aznavour. Sin embargo, música de barbudos es algo mucho más concreto que hace referencia únicamente al estilo de música que Itinerant Farmer y yo tocamos y cantamos después de un duro día de trabajo orgánico y sostenible en la granja, sentados en un sofá, con sendas barbazas y sendas camisas de franela a cuadros, acompañados de una buena cerveza casera y una buena guitarra. A que ahora lo tenéis mucho más claro. Bueno, para los que anden cortos de imaginación, os dejo aquí dos canciones, una de Bob Dylan y otra de Gillian Welch, que son ejemplos arquetípicos del género barbudo.

Los que estéis al tanto de la modernidad musical al oír lo de barbudos quizás hayáis pensado en Bon Iver o en Iron & Wine, ya que ambos gustan de dejar crecer su vello facial, y sí, ambos encajan perfectamente en este estilo (aunque no son mis favoritos) pero no os dejéis llevar por las apariencias, ("no me nades en la superficie, compadre, adéntrate, sumérgete en la profundidad del planteamiento que te quiero transmitir"), para formar parte de este estilo no es necesario lucir barba; la propia Gillian Welch no lo hace y es la reina de los barbudos. Tampoco hace falta ser americano para que tu música sea barbuda, aunque Estados Unidos sea el país con mayor número de barbudos por milla cuadrada. De hecho, el gran descubrimiento de mi última estancia en la granja es original de Suecia y no suele llevar barba, aunque sí tiene un complejo de Dylan que no puede con él. Se trata de The Tallest Man on Earth, todo un maestro en el arte de convertir una guitarra y una voz en horas de entretenimiento. Tanto es así que Itinerant Farmer y yo en un largo viaje en coche que hicimos estas vacaciones nos enzarzamos en una conversación y sin darnos cuenta dejamos que su segundo disco, The Wild Hunt, sonara unas tres o cuatro veces seguidas. Normal que ahora no pueda quitarme de la cabeza su canción "The King of Spain", en la que fantasea con hacerse Borbón y quitarle el trono a nuestro Don Juan Carlos. Tampoco es americano el que quizás sea mi barbudo favorito, Piers Faccini, que es una mezcla entre italiano, británico y francés. Yo lo descubrí hace unos años con estos dos vídeos y desde entonces no he dejado de escucharlo. Espero que os gusten tanto como a mí.




Otros barbudos que he descubierto esta Navidad son Mark Erelli y Jeffrey Foucault que, al parecer, son bastante famosos en la escena barbuda de Massachusetts, pero yo no había oído hablar de ellos en mi vida. Acaban de sacar juntos el disco Seven Curses con versiones de baladas trágicas, en su mayoría tradicionales pero con alguna más moderna, como esta "Ellis Unit" de Steve Earle sobre un empleado de la unidad de ejecuciones de una prisión americana. Un disco muy barbudo, sí señor, porque la tristeza, la melancolía e incluso la tragedia son elemento s muy característicos de este estilo de música que os presento hoy. Normal que los barbudos acabemos todos leyendo a Unamuno. Cuando Itinerant Farmer y yo solíamos cantar por España la gente nos preguntaba "¿no os sabéis ninguna canción un poco más alegre?", y entonces nos mirábamos pensativos y las únicas canciones que se nos ocurrían eran "Dead Roses" de los Rolling, "Sloop John B." de los Beach Boys o "The Night They Drove Old Dixie Down" de The Band, que, aunque un poco más animadas, no es que traten temas muy alegres que digamos.

Y poco más tengo que explicaros acerca de la música de barbudos; espero que os hayáis hecho una idea. Iba a acabar el post deseándoos feliz año y animándoos a que en 2011 os dejarais barba, pero no sé qué pensarían las lectoras de este blog, así que os animo a que, si tenéis oportunidad, trabajéis unos días en una granja, pero sobre todo os animo a que bebáis mucha buena cerveza y escuchéis mucha buena música.

06 noviembre 2010

Manifiesto inesperado: A favor de Ismael Serrano

Desde luego con entradas como ésta no vamos a situarnos en la vanguardia de la blogosfera musical, pero si esto no es transgresión, no sé qué lo es. Me planto frente al teclado para venir aquí y decir bien alto que yo me compraba los discos de Ismael Serrano (tengo cinco) y que, no solo no me avergüenzo, sino que lo reivindico.

Recuerdo con claridad mis primeros dos discos “propios”, pedidos como regalo de Reyes a la edad de doce años. Se trataba de dos flamantes novedades discográficas del '97: Nos vemos en los bares, de Celtas Cortos y Atrapados en azul, disco debut de Ismael Serrano. A mí (nada objetivo) entender, dos elecciones magníficas y desde luego, dos discos a los que les tengo mucho cariño.



Diseño genuinamente 90's

¿A qué viene esto ahora? Contestaré con extraordinaria precisión: lo que me ha decidido a escribir este post es una escena concreta del estupendo Museo Coconut emitido el pasado lunes (como sabéis, la nueva sitcom de los chanantes). En ella, Raúl Cimas llama por teléfono a una compañía, le ponen en espera, y en el hilo musical se oye una voz chirriante cantando algo como “Papá...cuéntame...”, con la consiguiente reacción de Cimas: “¿Ismael Serrano? Ya llamaré mañana”. Y cuelga entre las risas del público. Esto me molestó, igual que me molestó que la divertidísima Pagafantas se cerrara con un chiste barato a costa de Enrique Búnbury. Y me molestó, primero por falso y forzado (ninguna empresa pone a Ismael Serrano en su hilo musical de espera) y segundo porque esa elección de canción concreta representa perfectamente los equivocados prejuicios contra su figura.

Papá, cuéntame otra vez fue el primer single de su primer disco, la canción que le dio a conocer. Ya sabéis de qué va: un hijo le pide a su padre que le cuente batallitas de su juventud revolucionaria. Una letra que, quizá por falta de pericia del autor, quizá por culpa del público, nunca se comprendió en todo su sentido. El propio Ismael lo explica mejor que nadie:

“Se trata de una bronca generacional, un reproche para aquellos que creyeron que pidiendo lo imposible eran realistas (...) pero que finalmente, se convencieron de que crecer conllevaba una renuncia y abandonaron ciertas batallas dándolas por perdidas. (...) Me sorprendió que mucha gente no acertara a ver la ironía que empapaba ese “cuéntame otra vez”.

Compusimos esta canción al observar que mucha de la gente que se vanagloriaba de haber tenido una juventud de lucha e ideales había cambiado las hermosas consignas del 68 por otra muy diferente: renovarse o morir, y de la misma forma que hablaban con ilusión, nostalgia, condescendencia de aquellas utopías que como un virus de juventud se llevó el tiempo, (...) eran capaces también de loar las bondades del neoliberalismo y de la globalización atroz con que se despedía del viejo siglo XX. La canción, aún siendo un ejercicio de memoria necesario, no era un arrebato de nostalgia.”


"Qué sí, coño, que no lo pillásteis"

Poco importa esto ahora, puesto que hace mucho que al cantautor de Vallecas se le ha colgado una despectiva etiqueta de tipo anclado en el pasado, cubriéndose de polvo, añorando cosas que no vivió. Un sambenito tan burdo como falso: es un hecho más que habitual que las portadas de los periódicos, cargadas de actualidad, me remitan mentalmente a las canciones de Ismael Serrano. Tengo ejemplos a puñados:

Si se habla de la situación en el Sáhara, ahí está Un hombre espera en el desierto. (Desde los acantilados de Bojador cantan las olas: / “basta ya de derrotas" / El hombre del desierto esperó demasiado).

Si hay polémica por las tumbas del Valle de los Caídos, pienso en la emocionante historia del anciano de Al bando vencido. (Ni un momento, ni un recuerdo / para los que perdieron, los que construyeron / la tumba, el mausoleo / de la miseria, del carnicero).

Leyendo sobre el juicio a guardias civiles por torturas, enseguida me viene Atrapados en azul (Las cámaras nunca recogen / lo que sucede en la celda / entre uno y otro furgón).

Cuando el CCCB y, posteriormente La Casa Encendida programaron una exposición sobre los quinquis de los 80 en el cine y en la prensa para deleite de la modernidad (Susu y yo fuimos), yo ya tenía en la cabeza la Elegía al Vaquilla (Vencido rey del volante / no reponen ya tus cintas / en la vieja filmoteca).

Y qué decir de las tan en boga proezas sexuales de Sánchez Dragó, ya recogidas con nombre y apellidos en Yo quiero ser muy promiscuo (Yo quiero ser muy promiscuo / como el eximio escritor / y fiel votante del PP / Fernando Sánchez Dragó / que ha gozado de mujeres / no de una sino de un millón / y cada una diferente / que creo que es mucho mejor).

Joder, si hasta en el último post sobre Charly García estuve a punto de citar Buenos Aires 2001 (Los autos pasan lentos como una manada de elefantes / en lo oscuro una mujer me ofrece mate / y Charly salta por mí desde un rascacielos).


No sigo porque me doy cuenta de que ya estoy bastante cansino, pero quería dejarlo claro. Todos los enlaces que he puesto son de noticias recientes, pero el que quiera puede seguir pensando que Ismael Serrano canta sobre Mayo del 68. El problema es que parece ser que sienta mal que Ismael nunca haya pretendido ser moderno, de hecho le gusta citar a Cortázar con eso de que “no hay que confundir actualidad con modernidad” y hasta se anima a poner en duda la excelencia de la Movida madrileña, lo cual es verdaderamente excepcional en el panorama patrio.

Ismael Serrano se ha mantenido fiel a sus valores y a su estilo con perfecta sencillez y honestidad, y si eso es objeto de coñas pues qué se le va hacer. Yo desde luego pasé muchos años escuchándole y de hecho llegué a perfeccionar la imitación de su forma de cantar, de manera que el que me escuchara reconocía que era una canción suya aunque jamás la hubiera oído. Cierto es que hablo en pasado porque escasísimos son los artistas que te acompañan durante toda tu vida, y porque sus últimos discos me han parecido flojos. Pero resulta que el otro día me dio por volver a sacar Atrapados en azul de esa librería que tiene más de seiscientos discos y en la que él se instaló discretamente antes que todos los demás, con sus fotos del libreto tomadas en la estación de autobuses de Talavera de la Reina.



Toma giro personal al blog. Ismael y yo antes de que existieran las cámaras digitales.

Lo hice pensando que me traería recuerdos de mi época escolar, pero hete aquí que de pronto descubrí que las canciones me parecían nuevas, como si las oyera por primera vez. Y no porque hubieran cambiado, claro, sino porque el que he cambiado soy yo. Versos y temas enteros a los que antiguamente no había prestado atención me resultaron extrañamente cercanos. He estado oyendo sus primeros discos esta semana con esa sorprendente sensación hasta que me he dado cuenta de que hay una explicación evidente: son canciones que Ismael compuso cuando tenía la edad que tengo yo ahora. Nostalgia de los años buenos de la facultad, amigos que ya no ves, despedidas en aeropuertos, momentos críticos en las relaciones de pareja, dudas sobre el futuro... asuntos que yo ignoraba a los dieciséis años y que ahora aparecen en las canciones con extraordinaria claridad.

Ninguna canción es más representativa de esto que estoy diciendo que Ahora, que en su momento no era de mis favoritas y que ahora (valga la redundancia) me pareció muy emocionante. Quizá porque ahora yo he hecho varios viajes de esos que trajeron a otros vistiendo nuestros cuerpos, quizá porque ahora recuerdo que yo también estuve en las playas de Corfú, y que me besé en La Habana. No sé, quizá sea porque ya no escribo cartas y me duelen más las resacas, o quizá porque ahora amo a una mujer. A saber.

Sea como fuere, tengo que reconocer que me tranquilizó escuchar al final de la canción que “ahora es el momento de volver a empezar, que empiece el carnaval”.

Pues venga, que empiece.



15 noviembre 2009

Bob Dylan - "Blood on the tracks"

Columbia (1975)
Algunos conocidos me han dicho en los últimos meses eso de "claro, como te ha dejado la novia ahora vuelves a quedar con nostros". Razón no les falta. De un modo similar, no dejo de imaginarme al abuelete sabio y cascarrabias que es ya Bob Dylan diciendo, con un leve movimiento de cabeza: "ay, Susu, bribón, que sólo te acuerdas de mi "Blood on the tracks" cuando te han dado calabazas".

Bien sabes, querido Bob, que eso no es del todo cierto, que todas las canciones del que considero tu mejor álbum viven en mi guitarra y aprovechan la mínima ocasión para aparecer sin ser llamadas, pero sí es verdad que nunca escucho tanto ni con tanta intensidad tu obra maestra como cuando it pierces me to the heart. Y es que "Blood on the tracks" es EL disco para escuchar cuando te han dejado. Bob Dylan ya tenía muchas canciones sobre el amor y el desamor en 1975, pero escritas en su mayoría desde el punto de vista del rompecorazones despreocupado y libre que siempre fue. Aquí nos encontramos casi por primera vez a un Dylan realmente herido: Sara se había ido y él no pudo hacer otra cosa más que afinar su guitarra en open E y, utilizando los mismos seis o siete acordes, poner toda su sangre en diez canciones con frases como you'll never know the hurt I suffered nor the pain I rise above. (Dylan negará que sea autobiográfico todo lo que quiera pero a sus fans no nos puede engañar).

"Blood on the tracks" es una especie de enciclopedia del desamor en la que se pueden encontrar prácticamente todos los tipos de rupturas y de sentimientos derivados de ellas: desde la separación más o menos acordada (split up on a dark sad night both agreeing it was best), a los complicados triángulos amorosos que acaban explotando ("Lily, Rosemary and the Jack of Hearts"). Desde el buenazo que asume los hechos (you're gonna have to leave me now, I know) y dice comprender a la otra persona (whatever makes her happy I won't stand in the way) hasta el más despechado y rabioso ("Idiot wind"), pasando por el que asume parte de culpa (I took too much for granted, got my signals crossed), el que intenta buscar justificaciones (we always did feel the same, we just saw it from a different point of view) o el que se ha quedado colgado (I still believe she was my twin) y ya simplemente se lamenta (everything about you is bringing me misery) por lo que ha perdido (what a shame if all we've shared can't last). Todos los posibles protagonistas de una ruptura están en "Blood on the tracks".

En mi caso hubo una ruptura, hace años, que me dejó más admiración que rabia, así que escuchaba una y otra vez "If you see her, say hello" en una copia cutre del álbum bajada de internet, cantando melancólicamente aquello de I've always have respected her for doing what she did and getting free. Pero this time around is more correct, right on target, so direct: ahora ya tengo la edición española original en vinilo con esos impagables títulos traducidos y, aunque eche de menos the way she loved me strong and slow, no dejo de repetir con tono irónico you're a big girl now y otras muchas frases de la canción con ese título.

Enredado en el azul

Pero "Blood on the tracks" no se consideraría uno de los mejores discos de Bob Dylan sólo por sus letras; musicalmente es casi inmejorable y además la historia de su creación es tan interesante que ha dado lugar a libros enteros. Nació, como ya he dicho, fruto del dolor y fue concebido con la sencillez que el dolor se merece: doce canciones en la misma tonalidad y sin adornos. Estas canciones fueron grabadas en cuatro días de septiembre de 1974 en Nueva York, dando lugar a unas de las sesiones más adoradas por los fans de Dylan. Hasta el golpeteo de los botones de la camisa en la madera de la guitarra en "Tangled up in blue" ha recibido alabanzas. Unos meses después y tras pedir consejo a sus más cercanos Dylan volvió a grabar estos temas reduciendo el número a diez, cambiando las tonalidades e introduciendo algunos arreglos más depurados. El panorama está dividido: unos creen que estos cambios fueron para mejor, otros para peor, pero todos estamos de acuerdo en que el disco, tal y como salió a la venta, nos encanta.

Por eso no dejan de sorprenderme, querido Bob, tus declaraciones afirmando que no entiendes cómo podemos disfrutar de un disco que expresa tanto dolor. ¿Cómo puedes no entenderlo? ¿No fuiste tú mismo el que, cuando ella te dejó aquel libro de un poeta italiano del siglo XIII, dijiste que every one of them words rang true and glowed like burning coal pouring off of every page like it was written in my soul from me to you? ¿No te das cuenta de que escuchar mi historia hace un par de meses era exactamente igual que escuchar la primera estrofa de tu "Simple twist of fate"? ¡Tú eres nuestro poeta italiano del siglo XIII!, amigo Bob, y tu "Blood on the tracks" es el único sitio en el encontramos ése carbón ardiente los que alguna vez hemos struggled through barbed wire.

30 agosto 2009

Joni Mitchell - "Clouds"

Reprise (1969)
Los viajes se pueden realizar por muchas razones. Se viaja hacia sitios, (la playa, la montaña...), se viaja hacia sensaciones, (el frío, el calor...), se viaja hacia personas, (la pareja, la familia...), incluso se viaja hacia sentimientos, (el amor, el desamor, la melancolía, la diversión, la soledad...); pero un viaje no es pleno si no va acompañado de música. Al menos eso pienso yo. Todos mis viajes han tenido siempre banda sonora.

Hoy en día es sencillo, con los reproductores de mp3, llevar encima la música en cualquier viaje, pero no es necesario tener uno, en realidad vale con cantar, tararear, bailar o simplemente imaginar la música mientras uno se enfrenta a esos nuevos paisajes de los que está compuesto cualquier viaje. En el viaje que acabo de hacer a Londres, la música que me ha acompañado, día tras día, ha sido la del segundo disco de Joni Mitchell: "Clouds".

Si hay algo que se me venga a la cabeza cuando pienso en Londres son sus cielos, que me recuerdan a los de Madrid, los cielos que me han visto (y me han hecho) crecer, pero se diferencian de éstos en que suelen estar mucho más llenos de nubes. Quizá por eso no tuviera mucho problema al elegir la banda sonora de este viaje. Tampoco dudé a la hora de escoger el libro que me llevaría en la maleta: "Las Nubes", de Luis Cernuda (escrito, en su mayoría, en Inglaterra). En principio no había nada que uniera, salvo el título, a estas dos obras maestras separadas entre sí cuarenta años, pero poco a poco, sentado en los parques de Londres, "a solas, a solas bajo las nubes", fui dándome cuenta de todo lo que tenían en común.

En Londres no se sabe nunca el tiempo que va a hacer, puede amanecer de lo más soleado y acabar lloviendo a cántaros, o viceversa. Uno de mis grandes defectos es lo mucho que me influye la meteorología: un día radiante de sol me pone contento, la lluvia me entristece. De la suma de estos dos hechos se obtiene que durante la semana que estuve en Londres ni yo mismo supiera muy bien cómo me sentía. A esta confusión sentimental contribuyeron mucho mi disco y libro de cabecera durante el viaje. Joni Mitchell es la reina de la incertidumbre; no se sabe si sus acordes son mayores o menores; nada es obvio en su música. Su dulce voz es experta en dar saltos inesperados, y su guitarra, con esas originales afinaciones, es la única que la acompaña en este disco. Escuchad Tin Angel, por ejemplo: escasas notas oscuras, frágiles e inestables te van guiando a lo largo de los versos por recuerdos de un viejo amor, ya caducado hace tiempo, hasta que al final de la última frase de cada estribillo, "found someone to love today", un arpegio firme y luminoso te enseña la salida del túnel. Luis Cernuda, por su parte, es el gran maestro del equilibrio inestable, entre dentro y fuera, entre cielo y tierra, entre amor y soledad; en definitiva, entre realidad y deseo. Y "Las Nubes", escrito durante la Guerra Civil es un magnífico ejemplo de ello. "El hombre es una nube de la que el sueño es viento"; ¡qué gran verdad cuando se está mirando al cielo londinense, escuchando I think I understand, y deseando que la realidad se pare y sólo el viento sople deseos imposibles en tu oído!


"Siempre incierta, (...) a lo lejos, (...) vibra tu esbelta música, y en un fuego suspira". Cernuda se lo escribió a un elfo, un elfo que podría haber sido perfectamente Joni Mitchell. Aunque inciertas al oído, sus canciones son siempre esbeltas y elegantes, gracias a las letras; ellas son las que convierten a Joni Mitchell en mucho más que una cantautora, la convierten en Joni, una amiga, una droga de la que no te puedes desprender y a la que siempre recurres, porque en ella escuchas y lees tu propio alma. Porque sólo ella sabe cantar unos retratos tan fieles de las relaciones (That song about the midway), de los problemas sociales (The fiddle and the drum), o de los interiores de las personas (I don't know where I stand), llenos siempre de pensamientos entrecruzados y luchando siempre contra los envites del mundo exterior.

Y sobre todas las canciones de este breve disco, ("breve como todo lo hermoso"), destaca la última, Both sides now. Sin duda, una de mis canciones favoritas y la que mejor me ha hecho ver que la vida no está esperando a la vuelta de la esquina, que la vida está en la misma calle que tú, pero para vivirla tendrás que girar muchas esquinas y dar vueltas en muchas rotondas. Durante esta semana, ha sido precisamente Both sides now la que me ha enseñado que no hay un único Londres y que nada tienen que ver el Londres de los museos, paseando por las avenidas atestadas de gente, con el Londres de la música, comprando discos y bebiendo cerveza con amigos, con el Londres de las nubes, yendo de la mano de la persona cuyos ojos nunca te cansarías de mirar, con el Londres de los parques, mirando al cielo desde el césped, escuchando a Joni Mitchell y leyendo a Luis Cernuda.



Paisaje de mi querida Saskatoon, ciudad natal de Joni Mitchell, y en la que pasé unos meses inolvidables.

18 mayo 2009

Antonio Vega (1957-2009)

El martes pasado fue un día triste en la luna, amigos. Tan pronto como me enteré, llamé a mis colegas terrestres para comentar la noticia. Al otro lado del hilo espacial, Riggy me contaba lo siguiente:



Mi padre nació en el mismo año que Antonio Vega y me ha contado las veces que vio actuar a Nacha Pop en Rock-Ola. A mi padre siempre le cayó muy bien y a los dos nos molestaba que la gente hiciera tantos comentarios sin ningún respeto sobre si se drogaba mucho o si tenía mal aspecto. Por eso le gustaba decir que, en contra de la opinión general, Antonio Vega iba a vivir noventa años y nos iba a enterrar a todos. No sé si era lo que lo ingleses llaman “wishful thinking”, pero cada vez que salía el tío en algún lado, mi padre y yo hacíamos la broma. Hoy me ha mandado un mensaje al móvil, sólo decía: "Me equivoqué".

Además su muerte me ha impactado aún más porque yo le había visto hace unas semanas, en unos locales de ensayo. Descargando el equipo de unos amigos después de un concierto, coincidí con Antonio Vega, que también estaba recogiendo después de una actuación. Podría haber hablado con él, decirle que “Enganchado a una señal de bus” me sigue despertando al salir a la calle por las mañanas, o que “Seda y hierro” es una de mis canciones de amor favoritas…podría haberle dicho muchas cosas pero él estaba cansado y yo también, así que sólo le dije “Hasta luego”. Una nave industrial del barrio de Hortaleza a las tres de la mañana: extraño escenario para una despedida. Pero al menos pude decirle adiós.




Después de hablar con Riggy intenté contactar con Susu, pero por lo visto está en Copenhague y no hubo manera. Una lástima, porque me apetecía hablar con él y recordar los tiempos del colegio en los que cantaba sus canciones entre clases. Tal vez no me oyera llamar por tener puestos los cascos, repasando por enésima vez esa vieja cinta, ya casi quemada, en la que tiene grabados El sitio de mi recreo y Anatomía de una ola. Afortunadamente hoy me ha llegado una carta suya, que me gustaría compartir con vosotros:

Me da un poco de pena que sea justo ahora que Antonio Vega ha muerto cuando me dé cuenta de todo lo que he aprendido de él. Pero es verdad, tras una adolescencia escuchando y cantando sus canciones, es normal que toda su "enseñanza", toda su poesía, haya ido calando poco a poco en mí, a través de estrofas y versos entremezclados, llenos de verdad y de poder; quizás sea también normal que no me haya dado cuenta de todo lo que me han calado hasta ahora, que los he puesto todos juntos en mi cabeza.

Y lo bueno que tiene la música, la hecha con cuidado y profundidad, es que sólo puedes aprender una cosa de ella: a vivir. Para aprender sobre la estructura de la materia, sobre historia o sobre ontología están los libros; las buenas canciones, y Antonio Vega tenía muchas de ésas, sólo te enseñan a vivir, que no es poco.



Ahora me doy cuenta de que ha sido precisamente Antonio Vega quien me ha enseñado que hay que intentar perder el miedo a la enormidad, a que nadie oiga nuestras voces y desear, con todas nuestras fuerzas, ser viajeros de los que nunca dan un paso atrás, al menos de los que sólo los dan a veces, pues tampoco debemos olvidarnos de nuestra fragilidad, que este mundo descomunal suele encargarse de recordarnos. De él he aprendido que la mejor manera de caminar es poner mis pies y mis manos a volar y la única manera de levantarse cada mañana habiendo avanzado un poco es siendo el trazo que dibuje el día. Porque al final es el tiempo, (ahora todo el mundo recuerda cómo a Antonio Vega le gustaba removerlo con el café), el que nos va llevando sin pedirnos permiso, en ocasiones con compañía y otras veces con el único abrigo del silencio, y debemos aceptarlo así.

Seguramente no seré el único que ha aprendido de Antonio Vega que ser uno más, confundirse con la masa que es llevada por el tiempo, cuesta poco o nada, que tenemos que elegir nuestro camino y andarlo día tras día, arropados por la experiencia de los anteriores. Aunque claro, también hay momentos en los que la vida dice ven y no tenemos más remedio que correr, aun alejándonos de nuestro camino, quizás para no volver.

En definitiva, me gustaría que al acabar de andar mi camino, hubiera yo asimilado y llevado a término todas estas enseñanzas, pudiendo decir, con total sinceridad, como dijo él, que "vivo el día, día simple, día claro; vivo al menos sin temores, sin el miedo de gozar. Cada pueblo, cada puente, cada cruce me ha enseñado que con hoy es suficiente y mañana es demasiado". Eso sí, cuando llegue ese momento, cambiaré, sin ningún pudor, "cada pueblo, cada puente, cada cruce" por "Antonio Vega".

05 marzo 2009

Nacho Vegas

Joy Eslava - 4 de febrero de 2009

Ha pasado más de un mes, pero seguía sintiendo dentro de mí el imperativo categórico de escribir esta crónica. Me había quedado en el terrible des-concierto de la sala Sol, así que era justo y necesario narrar que si hubiera salido de la treintañera sala y hubiera bajado la calle Montera para después cruzar la Puerta del Sol empleando dos días en el trayecto, me habría encontrado de nuevo frente al mismo hombre, que parecía otro.

En efecto, Nacho Vegas actuaba el 4 de febrero en Joy Eslava, había actuado en el mismo lugar el 31 de enero y actuaría una vez más el 12 de febrero. Semejante triplete (que también había firmado un mes antes nuestro admiradísimo Quique González) se explica por el cierre de La Riviera, cuyo aforo vendría a ser aproximadamente tres veces Joy. Dentro de poco, los músicos tendrán que meterse a tocar dos semanas seguidas en el mismo garito, como si fueran Celine Dion o Tom Jones en Las Vegas. En cualquier caso, se constata que el aumento de la popularidad de este hombre desde su último disco en solitario hace tres años ha sido exponencial. Claro que por el camino ha sacado dos discos a dúo (con Bunbury y con Christina Rosenvinge) y creó el grupo Lucas 15 para rescatar el folklore asturiano, así que desaparecido tampoco ha estado.

A pesar de llevar tiempo disfrutando de sus canciones, nunca me había animado a ir a un concierto de Nacho Vegas. Principalmente porque me parecía que su tono intimista no ofrecía muchas posibilidades en directo y porque las crónicas hablaban de un tipo que descuidaba totalmente las formas, que cantaba bajito y no se le entendía, un tipo a quien ya había visto dos días antes. Afortunadamente ese tipo no salió. Apareció otro impecablemente trajeado y con ganas de hacer las cosas bien, que cantaba alto y claro y que tenía detrás una banda fantástica. Bien es cierto que en el escenario no se movía nadie y que las únicas palabras dirigidas al público fueron para presentar rápidamente a los músicos, pero no hacía falta más para que el concierto resultara intenso e impecable.
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Como era previsible, casi la mitad del repertorio perteneció a su último disco, El manifiesto desastre, cuyas tibias críticas me sorprenden, a mí me parece tan bueno como los anteriores. Lástima que la mejor canción, la desgarrada “Morir o matar” no dio de sí todo lo que se podía esperar. Del resto hubo un reparto bastante equitativo, aunque la gente echó de menos más visitas a su debut, Actos inexplicables, del cual sólo rescató la inevitable “Que te vaya bien, Miss Carrusel” que (esta vez sí) con su característico banjo sonó brillante. También hubo un par de temas del disco a medias con Bunbury pero ninguno del que grabó con nuestra poco querida Christina Rosenvinge, probablemente porque el primero sea digno de reivindicación y el segundo de olvido.

En cualquier caso, el repertorio de grandes canciones que maneja el asturiano es ya tan amplio que es imposible satisfacer a todos los espectadores, a mí también me hubiera gustado que tocase “El ángel Simón” o “El salitre”, pero no lo pensé mientras duraba el concierto. Por cierto, los espectadores. Eso merecería un post aparte, qué barbaridad. Creo que nunca había visto tal grado de admiración y apasionamiento. Cada vez que sonaban los primeros acordes de una canción surgían gritos y oooh’s por toda la sala, daba igual cual fuera. Entre canciones no paraban de lloverle elogios que iban del “artista” al “poeta” pasando por el recurrente “guapo”, y antes de los bises, el estruendo para hacerle volver fue tremendo. Yo no sé si Nacho Vegas es un artista “de culto”, pero desde luego sus seguidores le idolatran cual becerro dorado.

He hecho mención antes a los formidables músicos de acompañamiento, pero lo haré de nuevo. Al presentarlos, Vegas afirmó estar” muy orgulloso” de ellos, y en alguna entrevista ha dicho que es la mejor banda con la que ha tocado. No me sorprende. Además de su fiel escudero Xel Pereda, destacaba un hombre llamado Abraham Boba al teclado que tomaba mucho protagonismo, y era para bien. En cualquier caso sonaban todos de maravilla y tuvieron momentos de auténtico lucimiento, especialmente cuando fusionaron “El tercer día” y “Perdimos el control”, en lo que fueron los minutos más ruidosos e intensos de la velada, que tuvo incluso sus momentos movidos con las animadas “Secretos y mentiras” o “El hombre que casi conoció a Michi Panero”.

No obstante, no conviene perder la perspectiva. Todos sabemos que el éxito de Nacho Vegas se debe a que es, en dura pugna con Sr. Chinarro, el hombre que escribe las mejores letras de España. Por eso todos los allí presentes nos sabíamos palabra por palabra canciones de ocho minutos sin estribillo, y por eso lo más memorable fueron los ratos en los que el artista se plantaba totalmente solo a desgranar con la guitarra acústica las estremecedoras historias que se cuentan en “Ocho y medio” o en la “Añada de Ana la friolera”. Esa gotera llenando de agua gris los cacharros de metal, esa pareja que prometió quererse mientras el frío existiera…el concierto entero podría haber sido así sin ningún problema.

Con “un ambicioso plan que consiste en sobrevivir” se despidió el asturiano, que fue estudiante de filología hispánica, que es poeta, que lleva años probando el enorme poder de la palabra y que esa noche demostró además lo mucho que luce cuando se la viste con buena música.

04 febrero 2009

Nacho Vegas, Abel Hernández y Juan Santaner

El Sol - 2 de febrero de 2009

Auténtico desconcierto el vivido ayer en la Sala Sol. Fijaos si sería esperpéntico que lo estoy contando cuando sólo han pasado 24 horas, en lugar de los 24 días habituales que tardan en salir mis crónicas.

Resulta que a lo largo del mes de enero, El Sol ha estado celebrando su trigésimo aniversario, lo cual es una buenísima noticia. Tanto el aniversario en sí como la celebración, y más aún en estos tiempos en que los garitos madrileños de música caen como si fueran entidades financieras. Los fastos consistían en una serie de conciertos de lo más variados, con el denominador común del exquisito buen gusto mostrado por el programador. Glorias rockeras como Siniestro Total, Sex Museum, Los Ilegales e incluso Hugh Cornwell teloneado por Loquillo; junto al revival de míticos conjuntos pop como Los Negativos o Australian Blonde, además de La Habitación Roja, Josh Rouse y alguno más. Desgraciadamente no pude asistir a ninguno (y me habría gustado ir a más de uno) debido a compromisos académicos, porque a pesar de ser un perro y vivir en la luna, hago exámenes como todo el mundo. Como penúltimo plato aparecía algo llamado The Chain Gang que, se nos informaba, era un grupo creado para la ocasión por miembros de The Right Ons, The Bellrays y Diamond Dogs, además de la voz de Glen Anthony Henry. Todos ellos iban a interpretar canciones de Sam Cooke, así que me abstuve de comentárselo a Susu por el dolor que le iba a causar perdérselo al estar fuera de Madrid. Por cierto que el lector avispado habrá observado que en la retahíla de nombres dispersos por este párrafo hay varios que fueron mencionados en nuestros recientes Especiales de Año Nuevo.


Sin embargo, el broche final estaba anunciado con el enigmático nombre de CSN&Y del indie español y en ningún momento se especificaba quiénes iban a ser esos misteriosos sujetos. No obstante, animado por el excelente cartel de los días pasados y por el hecho de estar disponible por una vez, decidí comprar entradas. Supuse que siendo el concierto de clausura, tendría que ser algo bueno y especial, sobre todo porque no sería lógico mantener en secreto a los artistas para que luego fueran cuatro colegas de barrio llamados Panete & the Martins. De la misma manera que un fanático de las series extranjeras lucha por evitar los temidos spoilers, yo hice promesa de intentar no enterarme quiénes formarían el cuarteto, para que fuera más emocionante el momento de verles salir al escenario. Vana esperanza. Pocos días antes del evento, numerosos medios anunciaban la alineación titular: Jota (Los Planetas), Nacho Vegas, Abel Hernández (Migala, El Hijo) y Juan Santaner (Vancouvers, Jet Lag). No os voy a engañar, los dos últimos no tenía ni idea de quiénes eran. Ignoro si lo destapar la sorpresa se produjo por filtraciones o porque las entradas no se estaban vendiendo.


En cualquier caso quedaba claro que lo de CSN&Y era una forma graciosa de bautizarse como “supergrupo”, pero la comparación no podía ir más allá ya que con Nacho Vegas y Jota en el escenario se pueden esperar muchas cosas, pero armonías vocales como que no. Lo más adecuado atendiendo a las iniciales hubiera sido “J y los VHS” o algo así. La verdad es que quedé un poco decepcionado, porque como ya he dicho, dos no me decían nada y a Nacho Vegas le iba a ver en concierto dos días después. (De hecho puede que lo esté haciendo mientras lees estas líneas). Pero bueno, la entrada ya estaba pagada y ver a Jota y Nacho Vegas juntos en escena podía merecer la pena como curiosidad, si bien ninguno destaca por ser un showman precisamente.


Con ese espíritu me presenté en la sala para llevarme la primera en la frente: un cartel anunciaba que Jota no actuaría por enfermedad. Bajonazo. A modo de indicación innecesariamente exhaustiva, se especificaba a continuación que los otros tres sí saldrían a tocar. Joder, sólo faltaba. Nunca sabremos qué terribles problemas de salud atormentaban al granadino con nombre de letra, porque Nacho Vegas se limitó a señalar que Jota “es un poco hipocondríaco y un poco maricón para estas cosas”. Así las cosas, nos quedábamos sólo con la cinta VHS, y os aseguro que lo proyectado no deslumbró a nadie. Por lo visto sólo habían ensayado juntos un par de tardes, y es de suponer que la ausencia de uno de los miembros recortó aún más el presumiblemente exiguo repertorio. Así que digámoslo ya: quince euros por once canciones en tres cuartos de hora no es una estafa total pero ahí le anda.


Básicamente la cosa consistió en que Vegas y Hernández se alternaban para cantar canciones en las que los dos guitarristas restantes hacían algún coro suelto de vez en cuando y llevaban el ritmo. Además, la desnudez del formato y la poca convicción vocal de los implicados provocaron que del público emergiera un continuo murmullo bastante molesto. Los músicos parecían estar ensayando en su salón más que en un concierto (supuestamente “especial”) y sólo hubo atención total cuando Vegas atacó sus composiciones propias Que te vaya bien Miss Carrusel (que sin banda sonó bastante desangelada) y Detener el tiempo. Destaco lo de las “composiciones propias” porque se suponía que la gracia del concierto era que la mayoría eran versiones. Sonaron algunas castellanizadas como La canción del extranjero (versión de Leonard Cohen que grabó Vegas en un EP), Milk and honey de Jackson C. Frank (en este caso, “leche y miel”), una de Lee Hazlewood, y Cielo del norte (versión que hicieron Los Planetas del Northern sky de Nick Drake). Esta última fue la que cerró la noche, lógicamente debería haberla cantado Jota pero se tuvo que ocupar Vegas, que tenía pinta de querer largarse ya de allí.


Fiestón

Además, hubo una del recientemente fallecido cantautor Mikel Laboa en la que se alternaron para cantar, que aprenderse el euskera fonéticamente es muy difícil. Santaner por su parte, sólo se acercó al micro una vez para cantar The needle and the damage done, supongo que para justificar un poco lo de que era Neil Young. Todo muy soso y sin mucho interés. No creo que nadie les hubiera puesto una pistola en la cabeza para montar ese concierto, así que no consigo entender por qué las caras largas y el nulo entusiasmo. Lo único que me gustó fue descubrir una bonita canción del tal Abel llamada Los reyes que te traigo y que sí que cantó como si se la creyera.

Escaso botín para lo que muchos pronosticaban como una noche memorable y que sólo recordaré como uno de los conciertos más cutres a los que he ido en mi vida.

27 diciembre 2008

Camille

Sí, ya sé que llego un poco tarde, pero la semana pasada descubrí a Camille. Fue en la radio, donde tantos buenos descubrimientos musicales he hecho, y fue escuchando una canción de su último disco, “Music Hole”. Pero dejemos el principio de esta historia para el final.

Ahora que ya he escuchado detenidamente cada uno de los tres elepés de esta francesa, bautizada como Camille Dalmais hace treinta años, y he decidido que van a ser tres de mis discos favoritos, nada más acabar de escribiros esta reseña me dispondré a mandarle un mail a Khurcius, preguntándole por la disponibilidad y precios de estas joyitas. Discos así se merecen mucho más que ser unos y ceros en mi disco duro externo.

No quiero extenderme mucho, porque tampoco he llevado a cabo una indagación minuciosa en la vida y obras de esta cantautora y experimentadora parisina, así que sólo os contaré lo necesario para que os enamoréis de ella, como yo, o, por el contrario, decidáis que no os va mucho su rollo.

Hoy en día Camille es conocida por usar el cuerpo humano como único instrumento en sus temas, pero no siempre fue así; una de mis mayores sorpresas fue descubrir que su primer disco “Le sac des filles” (2002) es simplemente un disco de pop, pop francés sin aires de grandeza, entrañable, divertido y muy recomendable. A mí me llamaron la atención en primer lugar los momentos íntimos, en los que Camille mejor deja plasmada su preciosa voz, pero acabaron de conquistarme los momentos más distendidos, con mucho sentido del humor y una calidez muy indicada para estas fechas. No podría destacaros una canción sobre otra, porque todo el disco se merece un sobresaliente con flechita para arriba.


Tras escuchar este primer disco, uno puede hacerse una idea algo equívoca sobre Camille; al menos, no una idea completa. “Le Fil” (2005), su segundo álbum, empieza con un si cantado por varias voces, (varias Camilles), y esta nota se mantiene bajo la primera canción y sigue ahí cuando ésta acaba, y continúa de fondo durante la segunda, y la tercera, y la cuarta... y hasta el final del disco. Sólo por este pequeño detalle “Le Fil” ya merecería ser tomado en serio por cualquier amante de la buena música, pero tiene otras muchas razones para ello: muchas más voces, (casi siempre la misma Camille, repetida sobre sí misma), a veces melancólicas y otras veces optimistas, a veces con aires tribales y otras veces con aires parisinos. Sin embargo, también sería equívoco pensar que “Le Fil” es un álbum de música vocal experimental; es esto y mucho más. “Le Fil” tiene bajos, guitarras, percusiones, teclados y vientos, tiene melodías deliciosas y armonías encantadoras, “Le Fil” es un disco de pop, de pop de autor, personal y original, pero, de nuevo, muy recomendable.

Y así llegamos al final por el que empecé, el tercer disco de Camille, “Music Hole”, recién sacado del horno en 2008. En esta tercera entrega Camille parece haber sido un poco más estricta en lo que a instrumentos se refiere, (sólo un piano se cuela en alguna de las canciones), lo que no hace que el resultado sea más aburrido; todo lo contrario. La presencia de otras voces más líricas, coros enteros o beat-boxers a cargo de los bajos, hacen de “Music Hole” un disco más rico en recursos vocales y también más original en la percusión, con toda clase de ruiditos corporales y sonidos ambientales. “Music Hole” me ha parecido el más comercial de los tres discos, el más accesible, y una señal clara de esto es que Camille ha dejado de lado el francés, eligiendo el inglés como idioma principal, una estrategia para ampliar mercado que parece haber dado resultado, pues está sonando en la radio española con su primer single, Gospel with no Lord. Lo sorprendente es que lo ha conseguido sin perder calidad musical; tras escuchar la hora escasa de “Music Hole” éste resulta ser otro disco más que recomendable para vosotros, queridos lectores lunares.

Si todavía no sabíais qué regalaros por Navidad, poned una Camille en vuestras vidas; yo lo hice y ahora soy un poco más feliz.

20 junio 2008

Pigmy - "Miniaturas"

Junk Records (2007)

En un burdo intento de sofocar mi sentimiento de culpa por lo parado que ha estado el blog, he decidido que debía traer un disco que la gente no conociera y que fuera muy bueno. He pensado que a lo mejor así podría ganarme el perdón de los lectores, porque pocas cosas hacen más feliz a un melómano que el que le descubran un grupo nuevo y que realmente le guste. Tras meditar un rato (bueno, tampoco mucho, no nos engañemos) me he decidido por Miniaturas, de Pigmy.
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En efecto, Pigmy es un nombre bastante lamentable, y a primera vista nadie querría comprarse el disco de alguien que elige ese nombre artístico. Tiene una explicación, no obstante: Pigmy es como llaman en su casa a Vicente "Willy" Maciá, el que fuera líder de los psicodélicos Carrots. Es el primer disco que publica bajo este nombre, y tampoco ayuda mucho al potencial comprador no informado, el feo dibujo de la portada, que representa a una especie de niño pantocrátor rodeado de extraña simbología. Algo debe significar, sin embargo, porque en los créditos del libreto se especifica Concepto portada: Pigmy. En cualquier caso, sobrepongámonos a esta primera y poco halagüeña primera impresión externa.

Tuve noticia de la existencia de Pigmy gracias a Bendito pop, un disco recopilatorio del que ya hablé por aquí. Allí se incluía un tema llamado Lantana, con un banjo que no me pude quitar de la cabeza desde la primera vez que lo oí, siendo una escena habitual la de poner el cd sólo para escuchar esa canción. Tanto me gustó que, animado por las buenas críticas que encontré, decidí hacerme con el disco si haber escuchado nada más. Y acudió Riggy a su tienda, y lo pidió y lo compró; y vio Riggy que era bueno.

La verdad es que Miniaturas es un título perfecto, porque es un disco pequeño, minimalista, hecho con mucho cuidado y precioso. Supongo que se podría calificar como "pop de autor", con ciertos tintes folk y claras referencias de finales de los 60-principios de los 70. El tipo reconoce como influencias a Simon & Garfunkel y Cat Stevens, algo que veo, y subo también a George Harrison y Donovan. Las melodías de las que hace alarde a lo largo de todo el disco son magistrales, y hacen que fluya naturalmente sin necesidad de estribillos marcados ni alardes sonoros para captar la atención del oyente. Por cierto que en un tema hay unas palmas acreditadas a Sidonie, yo creo que estos tíos son colegas de toda la gente que graba en Barcelona.


Concepto de foto: Riggy inspirado en Pigmy. Me falta el corazón metido en un átomo.

Quizá haya quien de entrada opine que las letras son ñoñas o cursis, pero bueno, hay quien piensa eso de esa obra maestra que es Un soplo en el corazón, de Family. A mí me parecen de una sensibilidad exquisita, y al que diga que Coge el salero por si el mar / no está a nuestro gusto de sal es cursi... pues que le den por culo. Todas las canciones son muy personales y están impregnadas de una cierta visión infantil en el mejor sentido de la palabra, un aire de ingenuidad mágica que las hace especiales. No oculta Pigmy que le gusta mirar al pasado, porque en sus propias palabras: Karina tenía razón. Esto lo dice en Válsamo, canción maravillosa que podéis escuchar aquí. Yo prefiero oírla sin ver el vídeo, es que el hombre me da cosica, no sé por qué. Por cierto que lo de Válsamo no es una falta de ortografía, es que es un vals.
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La mayor virtud del disco (y tiene muchas) es una característica muy difícil de encontrar, y es que entra bien en cualquier momento del día y en cualquier estado de ánimo. Si estás de buen humor, es un disco feliz, positivo y agradable, pero sorprendentemente también funciona en momentos de cabreo o tristeza. La cuestión es que empieza muy poco a poco (de hecho se abre con un instrumental) y se va desplegando suavemente hasta las dos últimas canciones, que son las que tienen más ritmo y te piden cantar y dar palmas. Y es que es tan bonito todo que al final te reconcilia con el mundo aunque no quieras.

No soy amigo de hacer recomendaciones generales porque considero que necesariamente han de ser particulares según los gustos de cada persona, pero certifico que este disco le ha gustado a todo el mundo al que se lo he dado a conocer, incluso a gente de quien no lo esperaba. Así pues, compradlo y vuestra vida será un sitio un poco más feliz.

19 noviembre 2007

Silvio Rodríguez

Palacio de los Deportes - 18 Noviembre 2007

Inauguramos la sección de crónicas de conciertos con un artista que es para mí el máximo referente de la canción de autor, un monumento en la historia de la unión de música y poesía. En fin, algo bonito tenía que decir para empezar, porque la verdad es que la historia del concierto arranca con un cabreo considerable. Parece ser que los de Entradas.com se están planteando arrebatarle el cetro de la ineptitud a los de Tick Tack Ticket. Después de haber comprado mi entrada por Internet hace ya varias semanas, pensé que no tenía porque irme hasta el Palacio a por ella sino que podría recogerla el mismo día del concierto, ya que al ser un recinto grande, supuse que habría varias terminales. Y efectivamente, había tres. Y no una ni dos, las tres tenían un folio pegado que decía “No funciona”. Así que nada, todo dios haciendo cola en la taquilla. En realidad tendría que haberlo sabido, porque ya me previno Mauro Entrialgo, que sabe mucho de la vida. Total que para cuando conseguí llegar a mi asiento ya estaba con la segunda canción.

Todas las localidades eran sentadas, y yo recordaba que en el concierto acústico de Bruce Springsteen habían puesto en la pista unas gradas desplegables con asientos de tal manera que cada fila estaba un poco más alta que de delante. Bueno, pues no. Supongo que para darle un aire de mitin clandestino comunista, teníamos unas sillitas plegables de madera sin reposabrazos y atadas entre sí, todas a la misma altura. Yo porque soy alto, pero a partir de la fila 15 a la gente se le planteaban problemas de visibilidad, sobre todo teniendo en cuenta que las pantallas gigantes del Palacio estaban bien apagadas, supongo que para ahorrar energía, que está la cosa fatal con lo del cambio climático. Así pues, me senté con considerable cabreo, pero en ese momento Silvio empezó a tocar Quién fuera, y dos minutos después ya se me había olvidado todo. Es lo bonito de los conciertos.



A lo largo de las dos horas y pico que duró la actuación, alternó canciones en las que tocaba solo con la guitarra y otras con una banda de cinco músicos (guitarra, bajo, percusiones, alguna clase de instrumento étnico de cuerda y una tal Niurka que tocaba la flauta y el clarinete que daba gloria). Además es una suerte que, aunque ya pase de los sesenta, Silvio no ha perdido ese particular timbre de voz que hace que nadie más que él pueda cantar sus canciones. La verdad es que el sonido era buenísimo, alabanzas y gratitud eterna al que diseñó el nuevo Palacio tras el incendio.

A mitad de concierto Silvio se fue para que saliera un muchacho desconocido a cantar un par de canciones. Por lo que dijo parecía que le tenía medio apadrinado artísticamente y supongo que pretendía hacerle un favor, pero más bien fue lo contrario. El chaval se marcó sus dos temas y desapareció rápidamente cuando la gente aún estaba confusa. Se le aplaudió, eso sí, no como cuando Sabina interrumpió su concierto en Las Ventas hace unos años para que saliera Adriana Varela a cantar tangos, que casi la echan a ostias.

Tenía yo curiosidad por ver los tintes políticos del evento, siendo Silvio el único de la Nueva Trova que sigue apoyando al régimen castrista con devoción. La cosa no fue más allá de unas palabras sobre el 40º aniversario de la muerte del Ché y la lectura de un (afortunadamente breve) manifiesto sobre Los Cinco (no afiliados a Los Cinco de Enid Blyton). Se oían algunos “Viva Cuba” esporádicos y había unas cuantas banderas pero nada de vivas a Fidel ni a la Revolución. Como mucho, algún motivao intentando arrancarse con el “Cuba va, Cuba vencerá” sin mucho seguimiento. Eso sí, la gente no paraba de pedir canciones, destacando una mujer con marcado acento gallego que le gritó con sorprendente potencia que cuándo iban a poder verle en Vigo. La verdad es que lo de los vítores ya se lo estaba tomando la gente un poco de coña y cuando Silvio dijo que la siguiente canción estaba escrita a la manera de las melodías de los trabajadores del campo, se oyó un “¡Viva el campo!” muy celebrado.




Silvio se portó bien con la gente, y para nuestro regocijo fueron sonando Óleo de una mujer con sombrero (en una versión especialmente alegre), La maza, Ángel para un final, Canto arena, Canción del elegido, La era está pariendo un corazón... La verdad es que el público estaba entregadísimo, a menudo se aplaudía varias veces a lo largo de un tema, al terminar cada estrofa. Durante Cita con ángeles se ovacionaron especialmente las menciones a Lorca y a Allende, aunque creo que cuando cantó lo de “Cuánta utopía será rota / y cuánto de imaginación / cuando a las puertas del Dakota / las balas derriben a John” sólo aplaudí yo. También se marcó una versión de una canción de Noel Nicola llamada “Te perdono” que yo no conocía y me pareció una maravilla.

Aunque el concierto estaba siendo notable, el momento mágico llegó en los bises, cuando, al oírse los primeros compases de Ojalá, todo el mundo se puso de pie al unísono y se encendieron las luces del pabellón, que por cierto estaba casi lleno. A partir de ahí, una sucesión de grandes clásicos: Te doy una canción, Pequeña serenata diurna, La gota de rocío, Unicornio… que fueron coreados con pasión por todo el auditorio plenamente iluminado. Para despedirse, nos cantó la canción con la que le dormía su abuela cuando era un niño y nos fuimos todos sonrientes y con ganas de ser poetas, que es lo que te pasa cuando escuchas durante un rato las canciones de Silvio Rodríguez.


PD: Los vídeos de conciertos que hace la gente suelen ser lamentables, pero he encontrado algunos que hizo un tío en el concierto de Valencia hace dos semanas de gran calidad, tanto de imagen como de sonido. Son los que he dejado linkados por ahí.

24 octubre 2007

Andrés Calamaro - "La lengua popular"

Warner (2007)

Hubo un momento en el que parecía que Andrés Calamaro estaba en condiciones de acceder al nivel último del prestigio musical, a ocupar ese exclusivo lugar en el cual el artista ya está por encima del bien y el mal haga lo que haga. Ese lugar de perennes críticas favorables, constantes ventas millonarias y legiones de incondicionales. Ese lugar que alcanzó por ejemplo Joaquín Sabina después de 19 días y 500 noches. Ocurría esto en los últimos coletazos del siglo, después del éxito con Los Rodríguez y de publicar dos auténticas obras maestras en solitario. Sin embargo, el argentino no parecía tener prisa por instalarse en semejante Olimpo y se descolgó con un mastodóntico quíntuple disco que nos dejó a todos sin saber muy bien qué decir ni qué pensar. Y desde entonces nada, silencio desde entonces.

Tras cuatro años de ausencia, la reaparición no estaba siendo como para volverse locos. Las “novedades” de Calamaro eran versiones, boleros, tangos, acompañamientos flamencos, un directo, y un disco a medias con el veterano Lito Nebbia, demasiado maduro, demasiado oscuro y muy poco digestible. Y lo que es peor, nada que oliera a rock ni de lejos, lo que parecía contradecirse con sus mini-giras junto a Ariel Rot o Fito Cabrales. A excepción de sus fans más irreductibles (que no son pocos ni mucho menos), el gran público ya no estaba interesado en Calamaro como en los días de gloria. Para rematarlo, se publicó el siempre temido disco-homenaje, la lápida que coloca la industria cuando al artista en cuestión se le da por muerto comercialmente. Pero no. Cuando ya muchos habíamos perdido la fe, aparece esta milagrosa Lengua Popular que nos hace golpearnos el pecho en acto de contrición por haber dudado de Andrés.

Resulta difícil comparar este disco con anteriores trabajos de su autor, principalmente porque es un disco alegre, probablemente el más feliz de su amplia trayectoria. Cuando se habla de Calamaro nunca hay que perder de vista la íntima conexión entre su música y su vida personal, por lo que parece evidente que tanta beatitud esté motivada por su relación con la modelo y actriz Julieta Cardinali y el reciente nacimiento de la hija de ambos. Supone esto un cambio notorio para sus viejos seguidores, más acostumbrados a los temas escritos con sangre en noches de insomio que a las canciones de amor. Porque hay preciosas, tiernas y honestas canciones de amor, que son mucho más difíciles de escribir que las de desamor, adornadas incluso con pinceladas de erotismo. Calamaro no engaña a nadie, y ya en la primera escucha se hacen evidentes declaraciones de principios como “ya no tengo espinas clavadas en el corazón” o “ya no soy el viejo Andrés que no dormía jamás”.

Pero no todo es romanticismo, ya que las letras nos muestran a un compositor que ha recuperado la forma y vuelve a mostrarse como el “poeta fértil” que solía ser, cuyos versos fluyen entre juegos de palabras y que sabe ponerse serio o bromista sin perder la soltura. En el aspecto lírico es probablemente su disco más argentino, repleto de términos como cucumelo, cafiolo y un tema puramente porteño como Comedor piquetero, que hacen que los “gallegos” añoremos los tiempos en los que en el río de la Plata se preguntaban qué sería eso del mus a lo que hacía trampas el viejo Armando en Nunca es igual. Cabe preguntarse si Calamaro se fue de carnaval recientemente, porque esa palabra aparece hasta en tres canciones distintas. Por otra parte, no nos encontramos ante lo que llamaríamos un disco de rock, pero las guitarras tienen mucho protagonismo. Resulta fundamental el gran trabajo llevado a cabo por Cachorro López, viejo compañero de Andrés en Los Abuelos de la Nada reconvertido a productor de éxito, que también aparece acreditado en la parte musical de muchos de los temas dotando al disco de una luminosidad que realmente se agradece.

La belleza y la frescura de las canciones se adivinan desde el envoltorio, ya que el diseño del cd y el libreto es una maravilla a cargo del genial dibujante argentino Liniers. Una agradable novedad, dado que los discos de Calamaro nunca se han distinguido por sus portadas. Además cuenta con una introducción del periodista y escritor Rodrigo Fresán, como ya ocurriera en Nadie sale vivo de aquí (del ’89, probablemente el mejor disco desconocido de Andrés) y que acaba de publicar su esperado libro con la traducción de todas las letras de Dylan.

La lengua popular es un disco brillante y muy fácil de disfrutar, a la altura que corresponde a un gran escritor de canciones que muestra lo mejor de sí mismo. Un acierto seguro a la hora de comprar, que recomiendo sin ningún temor a cualquiera que… bueno, a cualquiera sin más.

Nota: 8